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De cisnes negros a rinocerontes grises: por qué financiamos la respuesta y no la prevención

  • 9 jul
  • 4 min de lectura

Por: Juan Carlos Meade*


El norte de Venezuela tembló el 24 de junio pasado con dos rupturas de magnitud 7,2 y 7,5 separadas por apenas unos segundos, en una de las jornadas sísmicas más destructivas de su historia reciente. Es, ante todo, una tragedia humana que merece respeto. Pero conviene decir algo desde el inicio porque es la idea que sostiene todo este texto. Los grandes desastres económicos y sociales rara vez nacen de riesgos que nadie podía prever, casi siempre nacen de riesgos que conocíamos y decidimos no financiar. Un terremoto no crea la fragilidad de una ciudad, sino que la revela. Cada edificio que cae es la consecuencia visible de una decisión tomada años antes, cuando reforzarlo todavía era barato y todavía parecía innecesario.


Hace un tiempo releía a Michele Wucker, analista de riesgo global que ha asesorado a gobiernos y consejos de administración y volví sobre la idea que la hizo conocida, el rinoceronte gris. Wucker lo propuso en 2016 para nombrar una amenaza enorme, visible y muy probable que, aun teniéndola enfrente, preferimos ignorar hasta que nos embiste. Es lo contrario del cisne negro de Nassim Nicholas Taleb, que en 2007 popularizó ese término para los sucesos improbables e imprevisibles que solo parecen evidentes una vez ocurridos. La distinción no es un juego intelectual. Buena parte de lo que llamamos mala suerte, en los gobiernos y también en las empresas, es en realidad un rinoceronte gris al que elegimos no mirar.


Llamar cisne negro a un desastre resulta cómodo porque nos absuelve. Si nadie podía preverlo, nadie es responsable. Pero eso confunde dos cosas distintas. El momento exacto de un sismo es impredecible pero su ocurrencia no lo es. Por lo que he investigado para entender lo sucedido, el norte de Venezuela se asienta sobre un sistema de fallas activo estudiado por la sismología durante décadas, como buena parte de las grandes ciudades de América Latina. La incertidumbre real estaba en el cuándo, nunca en el qué. Y ese matiz lo cambia todo, porque mueve el problema desde el terreno del pronóstico, donde poco podemos hacer, hacia el de la decisión, donde podemos hacer casi todo. Ahí asoma el verdadero tema de fondo, que no son los terremotos sino la manera en que asignamos recursos frente a lo que sabemos que puede pasar.


Ilustración: La República


Queda una pregunta incómoda. Si el riesgo es visible ¿por qué lo ignoramos? Los economistas Robert Meyer y Howard Kunreuther del Centro de Gestión de Riesgos de Wharton, lo llamaron la paradoja del avestruz. Su hallazgo es que no fallamos por falta de datos, sino por sesgos mentales bastante predecibles. Tratamos lo poco probable como si fuera imposible. Preferimos evitar un costo hoy antes que una pérdida mayor mañana, aunque las cuentas digan lo contrario. Y nos guía la experiencia reciente, de modo que mientras nada ocurre asumimos que nada ocurrirá. A eso se suma el optimismo de creer que la desgracia siempre le toca a otro. El avestruz esconde la cabeza mientras el rinoceronte sigue acercándose. Es la misma conducta que explica por qué una empresa pospone invertir en su continuidad o por qué una ciudad no actualiza sus códigos de construcción. No es ignorancia, es pura incomodidad.


Conviene ahora traducir esa conducta a números, porque el sesgo deja una huella financiera que puede medirse. La industria del reaseguro tiene un nombre para ella, la brecha de protección. Reaseguradoras globales como Swiss Re o Munich Re la usan para medir la distancia entre lo que pierde una economía cuando ocurre un desastre y la parte de esa pérdida que estaba cubierta por un seguro. Cuanto más ancha es la brecha, más frágil es el sistema, porque la recuperación termina dependiendo de recursos que nadie apartó a tiempo. Según el Swiss Re Institute, esa brecha global llegó a 424.000 millones de dólares en 2025. La cifra importa menos por su tamaño que por lo que revela, una preferencia sostenida por pagar después en lugar de prepararse antes.


Para ver el problema por regiones, Swiss Re construye un índice de resiliencia que estima qué porción de la protección necesaria está realmente cubierta. En el mundo ronda el 27%, apenas una cuarta parte de lo que haría falta. En América Latina cae a 9%, lo que significa que cerca de nueve de cada diez dólares de exposición catastrófica de la región no tienen ningún seguro detrás. La región acumula riesgo mientras mantiene una red mínima para amortiguarlo. Dicho de otro modo, el problema no es que el terremoto venezolano vaya a resultar caro, sino que gran parte de ese costo no estaba financiada por nadie antes de que ocurriera.


Fuente: Swiss Re Institute


Y esto no pasa solo donde falta dinero, lo que derriba la explicación más cómoda. El propio análisis de Swiss Re muestra que en California, uno de los lugares más ricos y expuestos del planeta, la proporción de viviendas con cobertura sísmica cayó del 30% en 1994, el año del terremoto de Northridge, al 12% en 2024. Después del golpe la gente se aseguró y bastaron tres décadas sin un gran sismo para que casi nueve de cada diez hogares dejaran caer la cobertura, justo mientras la probabilidad del próximo aumentaba con la tensión acumulada en la falla. Aquí vemos que el rinoceronte gris no distingue por ingreso sino que distingue por atención. Olvidamos el riesgo en cuanto deja de dolernos y esa amnesia, no la pobreza, es la que nos deja a la intemperie.


*Catedrático de Política Pública e Impacto Social en el Tec de Monterrey

 
 
 

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